Simulación clínica

Por: María Beatriz Orduz y Karen Castañeda. 

Ese día todos salimos con la satisfacción de haber aprendido algo que, literalmente, puede salvar una vida... La simulación es un puente entre saberes, una enseñanza en clave colectiva que permite mirar un mismo problema desde múltiples perspectivas.

Nosotras, dos estudiantes, nos encontrábamos con los colegas del CAE+E y profes de otras disciplinas, todos reunidos y a la expectativa, en un espacio novedoso para nosotras: el Centro de Simulación Clínica. Allí nos recibieron las profesoras Annjy Suárez y Nataly Castellanos, de la Facultad de Enfermería, con la calma de quienes conocen bien el lugar. Desde el principio se sentía un ambiente distinto, de curiosidad colectiva y ganas de explorar algo nuevo. Nada de sillas organizadas en filas ni proyectores encendidos; apenas cruzamos las puertas, entendimos que la enseñanza allí se vive de otra manera.  

Comenzamos con un recorrido por el Centro para conocer sus espacios y las posibilidades que ofrece a profes y estudiantes en sus procesos de aprendizaje. A simple vista, parecía un pequeño hospital: consultorios, salas de cuidado crítico y pediatría, todo sorprendentemente realista y equipado con alta tecnología. Nuestra primera reacción fue de asombro; los maniquíes imitaban movimientos, respiración, llanto y respuestas fisiológicas. Había desde modelos sencillos, como extremidades para practicar habilidades motrices, hasta cuerpos completos que reaccionaban al tacto y a los procedimientos. Entre ellos, conocimos a Otoniel, un simulador ya viejo y el único allí con nombre.  

Es asombroso pensar en la capacidad tecnológica que permite crear estos escenarios tan cercanos a la realidad, no solo desde lo mecánico, sino también desde la programación que hace posible recrear múltiples situaciones clínicas. Todo estaba diseñado para que la simulación se viviera como una experiencia auténtica, donde cada detalle estaba pensado para enseñar sin poner en riesgo a nadie.  

Mientras avanzábamos, Annjy y Nataly compartían historias que evidenciaron que la simulación es mucho más que un apoyo tecnológico. Es una estrategia que reta a los estudiantes a pensar, comunicarse, coordinarse y enfrentar la presión como si se tratara de una situación real. No se trata solo de saber qué medicamento va antes o después, sino de dialogar con el equipo, tomar decisiones con criterio y responder ante las crisis. Si el simulador cambia de condición, no es casualidad: es el resultado de un algoritmo diseñado para mostrar las consecuencias de cada acción dentro de las salas.  

Lo más valioso es que estos espacios están al servicio del aprendizaje y la enseñanza, y no se limitan a las carreras del área de la salud. Nos contaron, por ejemplo, que estudiantes de Derecho los usan para trabajar estudios de caso, y que estudiantes de Artes participan actuando como pacientes para darle más realismo a las simulaciones. Nos pareció increíble y muy creativa la forma en que estas dinámicas abren oportunidades para conectar diferentes áreas del conocimiento. La simulación, entendimos, funciona como un punto de encuentro entre disciplinas que normalmente no se cruzan: un actor puede ayudar a un futuro médico a afinar su comunicación, o un abogado puede aprender a reaccionar ante una situación de crisis. Más que un entrenamiento técnico, es un puente entre saberes, una enseñanza en clave colectiva que permite mirar un mismo problema desde múltiples perspectivas.  

Después del recorrido, continuamos con una charla sobre la simulación como estrategia pedagógica. Lo más valioso, nos comentaron, es que la universidad cuente con estos espacios y nos permita aprovecharlos. La simulación permite recrear escenarios no solo dentro del Centro, sino también mediante herramientas como la realidad virtual, acercando a los estudiantes a experiencias muy próximas a la vida real. Les da la oportunidad de aprender haciendo, en ambientes controlados y seguros, desarrollando habilidades técnicas y no técnicas fundamentales para su formación profesional. Además, ofrece un espacio para equivocarse, reflexionar y mejorar; cada intento se convierte en una oportunidad de aprendizaje.  

También hablamos de los retos que enfrenta esta estrategia: su alto costo, la disponibilidad de los espacios y la dificultad de lograr que un estudiante se tome en serio una escena que sabe que es ficticia. Por eso, las profes han incorporado elementos de gamificación que ayudan a motivar y comprometer a los participantes. Comprendimos que la simulación requiere intención pedagógica, creatividad docente y un diseño que active emociones, ponga en juego habilidades y conecte con la experiencia real. No es el aparato lo que enseña, sino la experiencia construida alrededor de él, pensada para que cada detalle cumpla un propósito educativo concreto.  

Finalmente, pasamos al taller de RCP. Nos dieron una breve introducción sobre la importancia de conocer esta técnica básica, que puede salvar vidas en cualquier momento. Esto nos hizo pensar en los posibles escenarios en los que podría necesitarse y en lo poco preparadas que nos sentiríamos si ocurriera algo así. Nos generó un poco de ansiedad, pero también la conciencia de lo valioso que es saber actuar. Concluimos que este es un conocimiento que debería estar al alcance de todos, no solo de quienes estudian carreras relacionadas con la salud.  

En la práctica y siguiendo las indicaciones, todos nos metimos en el papel de inmediato:  

—¡Apártense todos! Usted, llame a urgencias. Y usted, búsqueme un desfibrilador.  

Verificamos el pulso de nuestro “paciente”, ubicamos las manos en su pecho y comenzamos con las compresiones. Cada treinta compresiones realizábamos la respiración boca a boca y continuábamos al ritmo de Stayin’ Alive, ya que las profes nos explicaron que algunas canciones tienen un ritmo similar al de las pulsaciones por minuto recomendadas. Fue una tarea exigente y agotadora, pero afortunadamente estaban nuestros compañeros para relevarnos. Estábamos atentos a que el dispositivo marcara en verde; la fuerza, la frecuencia y la profundidad de las compresiones debían ser las correctas. Incluso en un espacio simulado se sentía la presión y la responsabilidad, lo que nos hizo valorar la importancia del trabajo en equipo.  

Al final hicimos una reflexión grupal donde cada uno compartió lo que sintió. Fue un cierre que dejó huella, no solo por lo aprendido, sino por la conciencia de nuestra propia responsabilidad frente a emergencias reales. Ese día todos salimos con la satisfacción de haber aprendido algo que, literalmente, puede salvar una vida. La simulación enseña mucho más que procedimientos: enseña a pensar, a sentir y a actuar con criterio en situaciones críticas.