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Foro de Innovación del CAE+E
Por: Gerardo Rey Arévalo
El auditorio Santiago Páramo del Edificio Barón volvió a llenarse: profesores, estudiantes, administrativos y externos siguieron participando en la décima versión del Foro de Innovación Educativa del CAE+E.
En la entrada atravesaron un umbral: el mariposario pedagógico, espacio con reflexiones íntimas sobre lo que significa aprender y enseñar, para encontrarse de frente con la invitación a construir sobre los retos y las oportunidades que trae la inteligencia artificial generativa (IAG) para la evaluación.

Jaime Alejandro Rodríguez, coordinador del Observatorio de Prácticas Pedagógicas Emergentes (OPPE), abrió oficialmente el espacio haciendo un llamado a la conversación y a la construcción de propuestas en cuatro mesas de trabajo distintas, cada una orientada por un profesor diferente:
La profe Eddy Herrera, del Departamento de Matemáticas, planteó cómo usar la IAG para diseñar evaluaciones que reconozcan diversas formas de aprender; el profe Alexander Caicedo, de Ingeniería Electrónica, se centró en la retroalimentación personalizada, eficaz y oportuna; el padre Uriel Salomón Salas S.J., de Teología, propuso explorar formas de evaluación para evaluar habilidades como la oralidad y la argumentación, y el profe Camilo Bejarano, de Educación, invitó a pensar la IAG como apoyo para fortalecer procesos cognitivos.
Cada participante seleccionó la mesa de trabajo de su preferencia. Yo, por ejemplo, participé en la mesa uno (1), liderada por la profe Eddy Herrera. Primero, fuimos motivados a diseñar un artefacto que representara el reto de usar la IAG en la evaluación: con papeles, plastilina, lanas o cualquier material disponible comenzamos el primer ejercicio. En los relatos aparecieron papeles doblados que simbolizaban las múltiples aristas del debate, diagramas que cuestionaron más la manera de concebir el aprendizaje que a la tecnología misma y símbolos que representaron caminos diversos para llegar al conocimiento.
En mi mesa emergió una palabra clave: confianza. Hacía referencia a la confianza que requieren los estudiantes para preguntar sin miedo y reconocer el sentido de lo que aprenden, pero, también, a la confianza que buscan generar los profesores para acercarse a los intereses de los estudiantes y estar mejor preparados frente a sus necesidades.
Fue así como se dejaron ver las preocupaciones sinceras de los profesores por el aprendizaje. Vi profesores interesados en descubrir formas en las que la IAG, lejos del papel de contrincante, se convierte en un medio para facilitar la formación de mejores seres humanos. Para ellos, la IAG ofrece apoyo en el reconocimiento de los intereses de los estudiantes y en establecer rutas de aprendizaje; más que agilizar las tareas del ejercicio docente, sus preocupaciones se enfocaron en dar prioridad al proceso de formación de los estudiantes.
Tras la actividad por mesas, los profesores orientadores de la conversación compartieron sus experiencias en un breve panel sobre el uso de IAG en procesos de evaluación. De sus relatos fue emergiendo una especie de acuerdo común: la IAG no es un enemigo ni un oráculo, sino una herramienta que puede humanizar la evaluación cuando se utiliza con criterio pedagógico.
La evaluación, por ejemplo, coincidieron en la conversación en las mesas, no puede reducirse a un producto final, sino mantenerse como diálogo y construcción conjunta. Eso exige explicitar habilidades, mantener la retroalimentación oral, conectar el currículo con la realidad y, sobre todo, escuchar la voz del estudiante. La IA puede acompañar en el camino, pero no reemplazar lo que hace única a la experiencia educativa: la confianza, el encuentro humano y la capacidad crítica de imaginar.
En las conversaciones también se cruzaron preocupaciones y esperanzas: ¿cómo visibilizar la diversidad en grupos grandes sin perder el sentido colectivo? ¿Cómo usar la IAG para personalizar la retroalimentación sin diluir la voz humana? Se advirtió del riesgo de homogeneizar, de reducir la retroalimentación a lo administrativo, de usar la IA como atajo que borra contexto y crítica. Al mismo tiempo, se abrió la posibilidad de apoyarse en ella para la planeación, el diseño y la curaduría de los profes, siempre que haya raíces sólidas en lo humano.
Tal vez el futuro de la educación no se defina por la tecnología en sí, sino por la manera en la que la integremos para fortalecer aprendizajes con sentido humano. Aún hay cosas por decir, reflexionar y explorar por esto, más que un cierre, hoy te invito a sumarte a esta gran conversación siguiendo este enlace: https://padlet.com/keniggra/EVAIA2025
¡Abramos la conversación sobre los usos actuales y los imaginados de la IAG en la evaluación!


